viernes, 18 de marzo de 2016

Nunca llegaste





Nunca llegaste, mis horas sólo te presintieron.

Bajaba la luna la escalera y el manto oscuro me acurrucaba.

Fue en silencio y un poco rota que te esperaba.

La noche enjugó mi llanto en su pañuelo de estrellas.

Viví revoloteando tras los rostros amables,

o los ojos brillantes, o sin brillo, ¡con un dolor!,

porque también allí, en el espacio de lo que duele

podría hallarte esperando mi cobijo.

Hubo noches largas y días cortos, igual que,

grandes esperanzas y sueños rotos.

Y no llegaste, no nunca… ¡nunca llegaste!

Por eso elegí entregar mi cuerpo, derramar mi alma

en el vaso bendito donde los amantes andariegos

beben con fruición el jugo de las bocas:

sus manos estiradas buscando la caricia,

¡Ah sí, la caricia! Cómplice de dos caras

que sacia la piel y vacía el alma… sólo esas caricias,

tan sólo esas caricias me daban…

Y en un jardín de tallos largos mis ansias crecían

mientras libaba el vino de la soledad.

Un alma sola, un cuerpo solo…

Y no llegaste nunca y me devoró el anhelo.

Ahora, roída por el tiempo implacable pero justo,

ya no te espero, ni te presiento, ni te busco.

tan solo dejo transcurrir el día bajo un sol

en su inconsciencia, alegremente nuevo.



Paula


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